Reina Valera Contemporánea (RVRC)
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21Ya avanza contra ti el destructor.

Vigila, pues, tu fortaleza y el camino.

Vístete y refuerza al máximo tu poder.

2Los saqueadores despojaron a Jacob,

¡estropearon las viñas de Israel!

Pero el Señor restaurará su antigua gloria.

3Rojos son los escudos de los guerreros.

Rojos son también sus uniformes.

Sus carros de guerra brillan como antorchas.

Llegó el día del ataque, y ya agitan las lanzas.

4Los carros se precipitan a las plazas

y ruedan con estruendo por las calles.

Su aspecto es el de antorchas encendidas,

que pasan como súbitos relámpagos.

5El rey manda llamar a sus valientes,

y estos en su prisa se atropellan.

Corren a las murallas y preparan la defensa.

6Se abren las compuertas de los ríos,

y las aguas inundan el palacio.

7La reina es apresada y llevada en vilo.

Sus criadas gimen como palomas,

y en su angustia se golpean el pecho.

8La gente en Nínive parece una represa

cuyas aguas se hubieran desbordado.

Algunos gritan: «¡Deténganse, deténganse!»,

pero nadie retrocede.

9Unos se roban la plata, otros se roban el oro,

¡parecieran no tener fin tantas riquezas

y tantos objetos codiciables y valiosos!

10Nínive queda vacía, vencida, despojada.

El corazón le desfallece, le tiemblan las rodillas,

le duelen las entrañas, su rostro palidece.

11¿Qué hay de la guarida de los leones?

¿Qué pasó con la guarida de cachorros,

donde el león y la leona descansaban,

donde nadie osaba espantar a los cachorros?

12El león mataba para alimentar a sus cachorros,

desgarraba su presa y alimentaba a sus leonas;

¡con los despojos de sus víctimas

llenaba sus cuevas y guaridas!

Destrucción total de Nínive

13«Pero yo estoy contra ti.

Voy a quemar tus carros de guerra,

y los reduciré a cenizas.

La espada acabará con tus leoncillos;

pondré fin al pillaje que hay en el país,

y nunca más volverá a escucharse

la voz de tus mensajeros.»

—Palabra del Señor de los ejércitos.

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31«¡Ay de ti, ciudad sanguinaria!

¡Rebosando estás de mentira y de rapiña,

pero no renuncias al pillaje!

2»Chasquido de látigos, fragor de ruedas,

galope de caballos, estridencia de carruajes,

3¡y carga de la caballería!

¡Brillan las espadas, centellean las lanzas!

¡Son muchos los caídos! ¡Abundan los cadáveres!

¡No es posible contar los cuerpos inertes

con los que todo el mundo tropieza!

4»¡Y todo por culpa tuya,

ramera de cara bonita, maestra en hechizos!

¡Con tus muchos encantos y tu procaz liviandad

sedujiste a pueblos y naciones!

5¡Pero yo estoy contra ti!

Voy a levantarte la falda hasta el rostro,

y expondré ante naciones y reinos

tu desnudez y tu vergüenza.

—Palabra del Señor de los ejércitos.

6»Voy a humillarte.

Voy a lanzar inmundicias sobre ti.

¡Voy a ponerte como estiércol!

7Todos los que te vean dirán,

mientras se apartan de ti:

“Nínive ha sido devastada.

¿Quién se compadecerá de ella?

¿Dónde hallaré quien la consuele?”

8»¿Acaso eres tú mejor que Tebas,

la ciudad asentada junto al Nilo,

que se creía protegida por el mar,

por estar rodeada de tantas aguas?

9Etiopía y Egipto la apoyaban siempre,

Fut y Libia le brindaban su apoyo.

10Sin embargo, Tebas marchó al cautiverio.

Sus niños fueron estrellados contra el suelo

en los cruceros de las calles;

sus varones fueron repartidos por sorteo,

y todos sus magnates fueron encadenados.

11»También tú serás embriagada y encarcelada.

También tú buscarás esconderte del enemigo.

12Tus fortalezas serán como las higueras:

cuando las brevas ya están maduras,

a la menor sacudida caen en la boca

del que se las quiere comer.

13En tus calles, los hombres se acobardarán;

el país quedará indefenso ante el enemigo,

y el fuego consumirá tus cerrojos.

14»Aunque te abastezcas de agua para el asedio,

aunque refuerces tus fortalezas,

aunque te metas en el lodo y lo apisones,

y prepares el horno para hacer ladrillos,

15te consumirá el fuego y te derribará la espada.

Aunque te multipliques como las langostas,

la espada te consumirá como el pulgón.

16»Tus mercaderes llegaron a multiplicarse

más que las estrellas del cielo,

pero llenos de miedo se dieron a la fuga.

17Eran tus príncipes y tus magnates

tan voraces como una nube de langostas;

en los días fríos se sentaban en los muros.

¡Pero el sol salió, y desaparecieron,

y nunca más se supo de ellas!

18»Rey de Asiria, tus pastores ya han muerto.

Para siempre reposan tus valientes.

Tu pueblo anda disperso por las montañas,

y no hay nadie que pueda congregarlos.

19Tus fracturas no tienen remedio.

Tus heridas son incurables.

Todos los que sepan lo que te ha pasado

batirán las manos y se alegrarán de ti.

¿Y quién no sufrió tu constante maldad?»