Reina Valera Contemporánea (RVRC)
1

Jerusalén lamenta su caída

11¡Cuán solitaria ha quedado la otrora ciudad populosa!

¡Cual viuda ha quedado la capital de las naciones!

¡La princesa de las provincias es ahora tributaria!

2Por las noches, amargas lágrimas corren por sus mejillas.

Ni uno solo de sus amantes viene a consolarla.

Sus amigos le fallaron; ¡se volvieron sus enemigos!

3Presa de la aflicción y de cruel esclavitud,

Judá marcha al cautiverio;

ahora habita entre las naciones

sin hallar descanso alguno.

La acosan sus perseguidores,

la ponen en aprietos.

4De luto están los caminos de Sión.

Ya nadie asiste a las fiestas.

Todas sus puertas están derribadas.

Sus sacerdotes lloran.

Amargada está Sión,

y afligidas sus doncellas.

5Sus enconados enemigos son ahora grandes magnates.

¡El Señor la afligió por sus muchas rebeliones,

y sus jóvenes marchan ahora al cautiverio,

arreados por el enemigo!

6La sin par belleza de Sión se ha esfumado;

sus príncipes andan como ciervos en busca de pastos;

fuerzas no tienen para oponerse a sus perseguidores.

7Jerusalén recuerda su aflicción y sus rebeliones;

recuerda tantas cosas agradables

de que gozó en los tiempos antiguos;

recuerda cuando cayó ante el enemigo

y nadie vino en ayuda de su pueblo;

recuerda cómo la miraban sus enemigos

y se burlaban de su caída.

8Pero Jerusalén pecó. ¡Por eso ha sido rechazada!

Al verla desnuda, la desprecian

quienes antes la admiraban;

y ella, sollozante, corre a esconderse.

9Cubierta está de inmundicia.

No tuvo en cuenta su futuro.

Ha caído a lo más bajo,

y en su desconsuelo exclama:

«¡Mira, Señor, mi aflicción!

¡Mira cómo se regodean mis enemigos!»

10El enemigo se ha adueñado de todos sus tesoros.

Jerusalén ha visto a los paganos irrumpir en su santuario,

aun cuando prohibiste que esa gente entrara en tu congregación.

11Entre sollozos, sus habitantes buscan algo que comer;

cambian por comida sus objetos más preciados

para lograr volver a la vida.

«¡Mírame, Señor!

¡Toma en cuenta mi desconsuelo!»

12Ustedes, que van por el camino,

¿esto no los conmueve?

¡Consideren si hay dolor

que se compare con el mío!

¡La ira del Señor se encendió

y me envió este sufrimiento!

13Envió un fuego desde lo alto

que me consumió los huesos;

tendió una red a mi paso

y me hizo retroceder;

me dejó en completa ruina,

y sufro a todas horas.

14El Señor mismo me ha atado

al yugo de mis rebeliones;

me ha puesto en el cuello ataduras

que acaban con mis fuerzas;

me ha dejado en manos de enemigos

que no puedo vencer.

15El Señor ha pisoteado en mis calles

a todos mis hombres fuertes;

ha convocado tropas para derrotar a mis valientes;

¡ha prensado a la virginal Judá

como si prensara uvas!

16Esta es la causa de mis lágrimas.

El llanto brota de mis ojos,

pues no tengo a nadie que me consuele;

¡no tengo a nadie que me reanime!

¡Mis hijos han sido derrotados!

¡El enemigo nos venció!

17Sión tiende las manos suplicante,

y no hay quien la consuele;

el Señor hizo que los vecinos de Jacob

se volvieran sus enemigos;

¡Jerusalén les resulta algo repugnante!

18Pero el Señor es justo.

¡Yo me rebelé contra su palabra!

¡Oigan esto, pueblos todos,

y consideren mi dolor!

¡Mis doncellas y mis jóvenes

fueron llevados al cautiverio!

19Pedí ayuda a mis amantes, pero ellos me fallaron;

en la ciudad, mis sacerdotes y mis ancianos perecieron;

buscaban comida para volver a la vida.

20¡Mírame, Señor, atribulada

y con gran angustia interna!

El corazón me da vuelcos

por causa de mi gran rebeldía.

Allá afuera, hace estragos la espada;

aquí adentro, predomina la muerte.

21Me oyen sollozar,

pero no hay quien me consuele.

Saben mis enemigos de mi mal,

y se alegran de lo que me haces.

¡Envía ya el día que tienes anunciado,

y que les vaya como a mí!

22¡Hazlos comparecer ante ti por toda su maldad,

y trátalos como a mí por todas mis rebeliones!

¡Demasiadas son mis lágrimas!

¡Tengo deshecho el corazón!

2

El castigo de Sión

21El Señor, en su furor,

hundió a Sión en profunda oscuridad.

Derribó del cielo la hermosura de Israel;

la hizo caer por tierra;

en el día de su furor

no se acordó del estrado de sus pies.

2El Señor destruyó, y no perdonó;

destruyó, en su furor,

todas las tiendas de Jacob;

derribó las fortalezas de la capital de Judá;

humilló al rey y a sus príncipes.

3En el ardor de su ira,

puso fin al poderío de Israel;

le retiró su apoyo cuando se enfrentó al enemigo;

se encendió en Jacob un fuego que todo lo devoró.

4Cual enemigo, cual adversario,

el Señor tensó su arco;

afirmó su diestra y destruyó todo lo bello;

¡en las calles de la hermosa Sión

cundió su enojo como fuego!

5El Señor se volvió nuestro enemigo

y destruyó a Israel;

destruyó todos sus palacios,

derribó sus fortalezas,

y aumentó la tristeza y el lamento de Judá.

6Como quien deshace la enramada de un huerto,

dejó en ruinas la sede principal de sus festividades;

en Sión, el Señor echó al olvido

las fiestas y los días de reposo;

en el ardor de su ira

desechó al rey y al sacerdote.

7El Señor rechazó su altar,

menospreció su santuario;

dejó caer en manos del enemigo

los muros de sus palacios;

en el templo del Señor estos vociferan

como si fuera un día de fiesta.

8El Señor decidió destruir las murallas

de la bella ciudad de Sión;

con el nivel en la mano,

no desistió de su plan de destrucción;

entre lamentos, el muro y el antemuro

fueron juntamente destruidos.

9Las puertas se vinieron abajo

cuando el Señor destruyó sus cerrojos;

esparcidos entre los paganos

se hallan su rey y sus príncipes;

ya no hay ley, ni los profetas reciben visiones del Señor.

10En la bella Sión, los ancianos se sientan en el suelo;

en silencio y vestidos de luto

se echan polvo sobre la cabeza.

En Jerusalén, las doncellas

inclinan humilladas la cabeza.

11Mis ojos se inundan en lágrimas,

mis entrañas se conmueven;

mi ánimo rueda por los suelos

al ver destruida a mi amada ciudad,

¡al ver que los niños de pecho

desfallecen por sus calles!

12A sus madres les preguntan por el trigo y por el vino;

se desploman por las calles, como heridos de muerte,

y en el regazo de sus madres lanzan el último suspiro.

13¿Qué te puedo decir, bella Jerusalén?

¿A quién puedo compararte?

¿Comparada con quién podría yo consolarte,

virginal ciudad de Sión?

¡Grande como el mar es tu desgracia!

¿Quién podrá sanarte?

14Tus profetas te hablaron de visiones falsas e ilusorias;

tu cautiverio pudo haberse impedido,

pero no te señalaron tu pecado;

más bien, te engañaron con visiones sin sentido.

15Al verte, todos los viandantes aplaudían;

silbaban y movían con sorna la cabeza,

y decían de la ciudad de Jerusalén:

«¿Y esta es la ciudad de hermosura perfecta,

la que alegraba a toda la tierra?»

16Todos tus enemigos abrieron la boca contra ti;

rechinando los dientes, decían con sorna:

«¡Acabemos con ella!

¡Este es el día esperado!

¡Nos ha tocado verlo y vivirlo!»

17El Señor ha llevado a cabo

lo que había decidido hacer.

Ha cumplido lo que hace mucho tiempo

había decidido hacer.

Destruyó, y no perdonó;

hizo que el enemigo se burlara de ti.

¡El Señor enalteció el poder de tus adversarios!

18Tus habitantes demandaban la ayuda del Señor.

¡Que tus lágrimas, bella Sión,

corran día y noche como arroyo!

¡No reprimas el llanto de tus ojos!

19Por la noche, al comenzar las guardias,

¡levántate y grita!

¡Vierte tu corazón, como un torrente,

en la presencia del Señor!

¡Levanta hacia él las manos

y ruega por la vida de tus pequeños,

que desfallecen de hambre

en las esquinas de las calles!

20Ponte a pensar, Señor:

¿A quién has tratado así?

¿Acaso han de comerse las madres

a sus hijos, fruto de sus entrañas?

¿Acaso dentro de tu santuario

han de asesinar a sacerdotes y profetas?

21En las calles, por los suelos,

yacen cuerpos de niños y viejos;

mis doncellas y mis jóvenes

han muerto a filo de espada.

¡En el día de tu furor

mataste y degollaste sin misericordia!

22De todas partes convocaste al terror,

como si convocaras a una fiesta.

En el día de tu furor,

nadie, Señor, pudo escapar con vida.

A los hijos que tuve y mantuve,

el enemigo los aniquiló.

3

La misericordia de Dios es constante

31Yo soy aquel que ha visto la aflicción

bajo el látigo de su enojo.

2Me ha llevado por un sendero

no de luz sino de tinieblas.

3A todas horas vuelve y revuelve

su mano contra mí.

4Ha hecho envejecer mi carne y mi piel;

me ha despedazado los huesos.

5Ha levantado en torno mío

un muro de amargura y de trabajo.

6Me ha dejado en las tinieblas,

como a los que murieron hace tiempo.

7Por todos lados me asedia y no puedo escapar;

¡muy pesadas son mis cadenas!

8Grito pidiéndole ayuda,

pero él no atiende mi oración.

9Ha cercado con piedras mis caminos;

me ha cerrado el paso.

10Como un oso en acecho,

como león agazapado,

11me desgarró por completo

y me obligó a cambiar de rumbo.

12Tensó su arco y me puso

como blanco de sus flechas.

13Me clavó en las entrañas

las saetas de su aljaba.

14Todo el tiempo soy para mi pueblo

motivo de burla.

15¡Me ha llenado de amargura!

¡Me ha embriagado de ajenjo!

16Me ha roto los dientes,

me ha cubierto de ceniza.

17Ya no sé lo que es tener paz

ni lo que es disfrutar del bien,

18y concluyo: «Fuerzas ya no tengo,

ni esperanza en el Señor.»

19Tan amargo como la hiel es pensar

en mi aflicción y mi tristeza,

20y lo traigo a la memoria

porque mi alma está del todo abatida;

21pero en mi corazón recapacito,

y eso me devuelve la esperanza.

22Por la misericordia del Señor

no hemos sido consumidos;

¡nunca su misericordia se ha agotado!

23¡Grande es su fidelidad,

y cada mañana se renueva!

24Por eso digo con toda el alma:

«¡El Señor es mi herencia, y en él confío!»

25Es bueno el Señor con quienes le buscan,

con quienes en él esperan.

26Es bueno esperar en silencio

que el Señor venga a salvarnos.

27Es bueno que llevemos el yugo

desde nuestra juventud.

28Dios nos lo ha impuesto.

Así que callemos y confiemos.

29Hundamos la cara en el polvo.

Tal vez aún haya esperanza.

30Demos la otra mejilla a quien nos hiera.

¡Cubrámonos de afrentas!

31El Señor no nos abandonará para siempre;

32nos aflige, pero en su gran bondad

también nos compadece.

33No es la voluntad del Señor

afligirnos ni entristecernos.

34Hay quienes oprimen a todos

los encarcelados de la tierra,

35y tuercen los derechos humanos

en presencia del Altísimo,

36y aun trastornan las causas que defienden.

Pero el Señor no lo aprueba.

37¿Quién puede decir que algo sucede

sin que el Señor lo ordene?

38¿Acaso lo malo y lo bueno no proviene

de la boca del Altísimo?

39¿Cómo podemos quejarnos,

si sufrimos por nuestros pecados?

40Examinemos nuestra conducta;

busquemos al Señor y volvámonos a él.

41Elevemos al Dios de los cielos

nuestras manos y nuestros corazones.

42Hemos sido rebeldes y desleales,

y tú no nos perdonaste.

43Lleno de ira, no nos perdonaste;

¡nos perseguiste y nos mataste!

44Te envolviste en una nube

para no escuchar nuestros ruegos.

45Entre los paganos hiciste de nosotros

motivo de vergüenza y de rechazo.

46Todos nuestros enemigos nos tuercen la boca;

47son para nosotros una trampa,

¡son motivo de temor, destrucción y quebranto!

48¡Los ojos se me llenan de llanto

al ver el desastre de mi ciudad amada!

49Mis ojos no dejan de llorar,

pues ya no hay remedio,

50a menos que desde los cielos

el Señor se digne mirarnos.

51Me llena de tristeza ver el sufrimiento

de las mujeres de mi ciudad.

52Mis enemigos me acosaron sin motivo,

como si persiguieran a un ave;

53me ataron y me arrojaron en un pozo,

y sobre mí pusieron una piedra;

54las aguas me llegaron hasta el cuello,

y llegué a darme por muerto.

55Desde el fondo de la cárcel

invoqué, Señor, tu nombre,

56y tú oíste mi voz; no cerraste tus oídos

al clamor de mis suspiros;

57el día que te invoqué, viniste a mí

y me dijiste: «No tengas miedo.»

58Tú, Señor, me defendiste;

me salvaste la vida.

59Tú, Señor, viste mi agravio

y viniste en mi defensa;

60te diste cuenta de que ellos

solo pensaban en vengarse de mí.

61Tú, Señor, sabes cómo me ofenden,

cómo hacen planes contra mí;

62sabes que mis enemigos

a todas horas piensan hacerme daño;

63¡en todo lo que hacen

soy el tema de sus burlas!

64¡Dales, Señor, el pago que merecen sus acciones!

65¡Déjalos en manos de su obstinación!

¡Que tu maldición caiga sobre ellos!

66En tu furor, Señor, ¡persíguelos!

¡Haz que desaparezcan de este mundo!