Dios habla Hoy (DHH)
4

Cuarto lamento

41¡Cómo se ha empañado el oro!

¡Cómo perdió su brillo el oro fino!

¡Esparcidas por todas las esquinas

están las piedras del santuario!

2Los habitantes de Sión, tan estimados,

los que valían su peso en oro,

ahora son tratados como ollas de barro

hechas por un simple alfarero.

3Hasta las hembras de los chacales dan la teta

y amamantan a sus cachorros,

pero la capital de mi pueblo es cruel,

cruel como un avestruz del desierto.

4Tienen tanta sed los niños de pecho

que la lengua se les pega al paladar.

Piden los niños pan,

pero no hay nadie que se lo dé.

5Los que antes comían en abundancia,

ahora mueren de hambre por las calles.

4.4-5
Cf.

Los que crecieron en medio de lujos,

ahora viven en los muladares.

6La maldad de la capital de mi pueblo

es mayor que el pecado de Sodoma,

la cual fue destruida en un instante

sin que nadie la atacara.

4.6
Gn 19.24

7Más blancos que la nieve eran sus hombres escogidos,

más blancos que la leche;

su cuerpo, más rojizo que el coral;

su porte, hermoso como el zafiro.

8Pero ahora se ven más sombríos que las tinieblas;

nadie en la calle podría reconocerlos.

La piel se les pega a los huesos,

¡la tienen seca como leña!

9Mejor les fue a los que murieron en batalla

que a los que murieron de hambre,

porque estos murieron lentamente

al faltarles los frutos de la tierra.

10Con sus propias manos,

mujeres de buen corazón cocieron a sus hijos;

sus propios hijos les sirvieron de comida

al ser destruida la capital de mi pueblo.

11El Señor agotó su enojo,

dio rienda suelta al ardor de su furia;

le prendió fuego a Sión

y destruyó hasta sus cimientos.

12Jamás creyeron los reyes de la tierra,

todos los que reinaban en el mundo,

que el enemigo, el adversario,

entraría por las puertas de Jerusalén.

13¡Y todo por el pecado de sus profetas,4.13 El pecado de sus profetas: Cf. Jer 23.9-17; Lm 2.14.

por la maldad de sus sacerdotes,

que dentro de la ciudad misma

derramaron sangre inocente!

14Caminan inseguros, como ciegos,

por las calles de la ciudad;

tan sucios están de sangre

que nadie se atreve a tocarles la ropa.

15«¡Apártense, apártense —les gritan—;

son gente impura, no los toquen!»4.15 No los toquen!: como si fueran leprosos (Lv 13.45-46).

«Son vagabundos en fuga —dicen los paganos—,

no pueden seguir viviendo aquí.»

16La presencia del Señor los dispersó,

y no volvió a dirigirles la mirada.

No hubo respeto para los sacerdotes

ni compasión para los ancianos.

17Con los ojos cansados, pero atentos,

en vano esperamos ayuda.

Pendientes estamos de la llegada

de un pueblo que no puede salvar.4.17 Pendientes… no puede salvar: alusión a las alianzas políticas con los grandes imperios de aquella época, que no trajeron la salvación sino la ruina de los reinos de Israel y de Judá. Cf. Is 8.6-10; Jer 37.5-10; Os 7.11.

18Vigilan todos nuestros pasos;

no podemos salir a la calle.

Nuestro fin está cerca, nos ha llegado la hora;

¡ha llegado nuestro fin!

19Más veloces que las águilas del cielo

son nuestros perseguidores;

nos persiguen por los montes,

¡nos ponen trampas en el desierto!

20Preso ha caído4.20 Preso ha caído: alusión a la captura y deportación de Sedequías, rey de Judá (2~R 25.4-7; Jer 39.4-6). el escogido del Señor,

el que daba aliento a nuestra vida,

el rey de quien decíamos:

«A su sombra viviremos entre los pueblos.»

21¡Ríete, alégrate, nación de Edom;

tú que reinas en la región de Us!

¡También a ti te llegará el trago amargo,

y quedarás borracha y desnuda!

22Tu castigo ha terminado, ciudad de Sión;

el Señor no volverá a desterrarte.

Pero castigará tu maldad, nación de Edom,

y pondrá al descubierto tus pecados.

5

Quinto lamento

51Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado;

míranos, ve cómo nos ofenden.

2Todo lo nuestro está ahora en manos de extranjeros;

ahora nuestras casas son de gente extraña.

3Estamos huérfanos, sin padre;

nuestras madres han quedado como viudas.

4¡Nuestra propia agua tenemos que comprarla;

nuestra propia leña tenemos que pagarla!

5Nos han puesto un yugo en el cuello;

nos cansamos, y no nos dejan descansar.

6Para llenarnos de pan, tendemos la mano

a los egipcios y a los asirios.

7Nuestros padres pecaron, y ya no existen,

y nosotros cargamos con sus culpas.

8Ahora somos dominados por esclavos,

y no hay quien nos libre de sus manos.

9El pan lo conseguimos a riesgo de la vida

y a pesar de los guerreros del desierto.

10La piel nos arde como un horno,

por la fiebre que el hambre nos causa.

11En Sión y en las ciudades de Judá,

mujeres y niñas han sido deshonradas.

12Nuestros jefes fueron colgados de las manos,

los ancianos no fueron respetados.

13A los hombres más fuertes los pusieron a moler;

los jóvenes cayeron bajo el peso de la leña.

14Ya no hay ancianos a las puertas de la ciudad;

ya no se escuchan canciones juveniles.

15Ya no tenemos alegría en el corazón;

nuestras danzas de alegría acabaron en tristeza.

16Se nos cayó de la cabeza la corona;

¡ay de nosotros, que hemos pecado!

17Por eso tenemos enfermo el corazón;

por eso se nos nubla la vista.

18El monte Sión es un montón de ruinas;

en él van y vienen las zorras.

19Pero tú, Señor, por siempre reinarás;

¡siempre estarás en tu trono!

20¿Por qué has de olvidarnos para siempre?

¿Por qué has de abandonarnos tanto tiempo?

21¡Haznos volver a ti, Señor, y volveremos!

¡Haz que nuestra vida sea otra vez lo que antes fue!

22Pero tú nos has rechazado por completo;

mucho ha sido tu enojo con nosotros.5.19-22 La profesión de fe en la realeza del Señor (v. 19) y la súplica (vv. 20-21) marcan el punto culminante de esta quinta lamentación: ellas mantienen viva la esperanza en el Señor y en el poder que tiene para renovar la vida (cf. Ro 4.18-21).