Dios habla Hoy (DHH)
3

Tercer lamento

31Yo soy el que ha experimentado el sufrimiento

bajo los golpes de la furia del Señor.

2Me ha llevado a regiones oscuras,

me ha hecho andar por caminos sin luz;

3una y otra vez, a todas horas,

descarga su mano sobre mí.

4Ha hecho envejecer mi carne y mi piel,

ha hecho pedazos mis huesos;

5ha levantado a mi alrededor

un cerco de amargura y sufrimientos;

6me ha hecho vivir en las sombras,

como los que murieron hace tiempo.

7Me encerró en un cerco sin salida;

me oprimió con pesadas cadenas;

8aunque grité pidiendo ayuda,

no hizo caso de mis ruegos;

9me cerró el paso con muros de piedra,

¡cambió el curso de mis senderos!

10Él ha sido para mí como un león escondido,

como un oso a punto de atacarme.

11Me ha desviado del camino, me ha desgarrado,

¡me ha dejado lleno de terror!

12¡Tensó el arco y me puso

como blanco de sus flechas!

13Las flechas lanzadas por el Señor

se me han clavado muy hondo.

14Toda mi gente se burla de mí;

a todas horas soy el tema de sus burlas.

15El Señor me ha llenado de amarguras;

amarga es la bebida que me ha dado.

16Me estrelló los dientes contra el suelo;

me hizo morder el polvo.

17De mí se ha alejado la paz

y he olvidado ya lo que es la dicha.

18Hasta he llegado a pensar que ha muerto

mi firme esperanza en el Señor.

19Recuerdo mi tristeza y soledad,

mi amargura y sufrimiento;

20me pongo a pensar en ello

y el ánimo se me viene abajo.

21Pero una cosa quiero tener presente

y poner en ella mi esperanza:

22El amor del Señor no tiene fin,

ni se han agotado sus bondades.

23Cada mañana se renuevan;

¡qué grande es su fidelidad!

24Y me digo: ¡El Señor lo es todo para mí;

por eso en él confío!

25El Señor es bueno con los que en él confían,

con los que a él recurren.

26Es mejor esperar en silencio

a que el Señor nos ayude.

27Es mejor que el hombre se someta

desde su juventud.

28El hombre debe quedarse solo y callado

cuando el Señor se lo impone;

29debe, humillado, besar el suelo,

pues tal vez aún haya esperanza;

30debe ofrecer la mejilla a quien le hiera,

y recibir el máximo de ofensas.

31El Señor no ha de abandonarnos

para siempre.

32Aunque hace sufrir, también se compadece,

porque su amor es inmenso.

33Realmente no le agrada afligir

ni causar dolor a los hombres.

34El pisotear sin compasión

a los prisioneros del país,

35el violar los derechos de un hombre

en la propia cara del Altísimo,

36el torcer la justicia de un proceso,

son cosas que el Señor condena.

37Cuando algo se dice, cuando algo pasa,

es porque el Señor lo ha ordenado.

38Tanto los bienes como los males

vienen porque el Altísimo así lo dispone.

39Siendo el hombre un pecador,

¿de qué se queja en esta vida?

40Reflexionemos seriamente en nuestra conducta,

y volvamos nuevamente al Señor.

41Elevemos al Dios del cielo

nuestros pensamientos y oraciones.

42Nosotros pecamos y fuimos rebeldes,

y tú no perdonaste.

43Nos rodeaste con tu furia, nos perseguiste,

¡nos quitaste la vida sin miramientos!

44Te envolviste en una nube

para no escuchar nuestros ruegos.

45Nos has tratado como a vil basura

delante de toda la gente.

46Todos nuestros enemigos

abren la boca en contra de nosotros;

47temores, trampas, destrucción y ruina,

¡eso es lo que nos ha tocado!

48Ríos de lágrimas brotan de mis ojos

ante la destrucción de mi amada ciudad.

49Lloran mis ojos sin descanso,

pues no habrá alivio

50hasta que el Señor del cielo

nos mire desde lo alto.

51Me duelen los ojos hasta el alma,

por lo ocurrido a las hijas de mi ciudad.

52Sin tener ningún motivo,

mis enemigos me han cazado como a un ave;

53me enterraron vivo en un pozo,

y con una piedra taparon la salida.

54El agua me ha cubierto por completo,

y he pensado: «Estoy perdido.»

55Yo, Señor, invoco tu nombre

desde lo más profundo del pozo:

56tú escuchas mi voz,

y no dejas de atender a mis ruegos.

57El día que te llamo, vienes a mí,

y me dices: «No tengas miedo.»

58Tú me defiendes, Señor, en mi lucha,

tú rescatas mi vida.

59Tú ves, Señor, las injusticias que sufro,

¡hazme justicia!

60Tú ves sus deseos de venganza

y todos los planes que hacen contra mí.

61Escucha, Señor, sus ofensas

y todos los planes que hacen contra mí;

62las habladurías de mis enemigos,

que a todas horas hablan en contra mía.

63¡Mira cómo en todas sus acciones

soy objeto de sus burlas!

64Dales, Señor, su merecido,

dales lo que sus hechos merecen.

65Enduréceles el entendimiento,

y pon sobre ellos tu maldición.

66Persíguelos con furia, Señor,

¡haz que desaparezcan de este mundo!

4

Cuarto lamento

41¡Cómo se ha empañado el oro!

¡Cómo perdió su brillo el oro fino!

¡Esparcidas por todas las esquinas

están las piedras del santuario!

2Los habitantes de Sión, tan estimados,

los que valían su peso en oro,

ahora son tratados como ollas de barro

hechas por un simple alfarero.

3Hasta las hembras de los chacales dan la teta

y amamantan a sus cachorros,

pero la capital de mi pueblo es cruel,

cruel como un avestruz del desierto.

4Tienen tanta sed los niños de pecho

que la lengua se les pega al paladar.

Piden los niños pan,

pero no hay nadie que se lo dé.

5Los que antes comían en abundancia,

ahora mueren de hambre por las calles.

4.4-5
Cf.

Los que crecieron en medio de lujos,

ahora viven en los muladares.

6La maldad de la capital de mi pueblo

es mayor que el pecado de Sodoma,

la cual fue destruida en un instante

sin que nadie la atacara.

4.6
Gn 19.24

7Más blancos que la nieve eran sus hombres escogidos,

más blancos que la leche;

su cuerpo, más rojizo que el coral;

su porte, hermoso como el zafiro.

8Pero ahora se ven más sombríos que las tinieblas;

nadie en la calle podría reconocerlos.

La piel se les pega a los huesos,

¡la tienen seca como leña!

9Mejor les fue a los que murieron en batalla

que a los que murieron de hambre,

porque estos murieron lentamente

al faltarles los frutos de la tierra.

10Con sus propias manos,

mujeres de buen corazón cocieron a sus hijos;

sus propios hijos les sirvieron de comida

al ser destruida la capital de mi pueblo.

11El Señor agotó su enojo,

dio rienda suelta al ardor de su furia;

le prendió fuego a Sión

y destruyó hasta sus cimientos.

12Jamás creyeron los reyes de la tierra,

todos los que reinaban en el mundo,

que el enemigo, el adversario,

entraría por las puertas de Jerusalén.

13¡Y todo por el pecado de sus profetas,4.13 El pecado de sus profetas: Cf. Jer 23.9-17; Lm 2.14.

por la maldad de sus sacerdotes,

que dentro de la ciudad misma

derramaron sangre inocente!

14Caminan inseguros, como ciegos,

por las calles de la ciudad;

tan sucios están de sangre

que nadie se atreve a tocarles la ropa.

15«¡Apártense, apártense —les gritan—;

son gente impura, no los toquen!»4.15 No los toquen!: como si fueran leprosos (Lv 13.45-46).

«Son vagabundos en fuga —dicen los paganos—,

no pueden seguir viviendo aquí.»

16La presencia del Señor los dispersó,

y no volvió a dirigirles la mirada.

No hubo respeto para los sacerdotes

ni compasión para los ancianos.

17Con los ojos cansados, pero atentos,

en vano esperamos ayuda.

Pendientes estamos de la llegada

de un pueblo que no puede salvar.4.17 Pendientes… no puede salvar: alusión a las alianzas políticas con los grandes imperios de aquella época, que no trajeron la salvación sino la ruina de los reinos de Israel y de Judá. Cf. Is 8.6-10; Jer 37.5-10; Os 7.11.

18Vigilan todos nuestros pasos;

no podemos salir a la calle.

Nuestro fin está cerca, nos ha llegado la hora;

¡ha llegado nuestro fin!

19Más veloces que las águilas del cielo

son nuestros perseguidores;

nos persiguen por los montes,

¡nos ponen trampas en el desierto!

20Preso ha caído4.20 Preso ha caído: alusión a la captura y deportación de Sedequías, rey de Judá (2~R 25.4-7; Jer 39.4-6). el escogido del Señor,

el que daba aliento a nuestra vida,

el rey de quien decíamos:

«A su sombra viviremos entre los pueblos.»

21¡Ríete, alégrate, nación de Edom;

tú que reinas en la región de Us!

¡También a ti te llegará el trago amargo,

y quedarás borracha y desnuda!

22Tu castigo ha terminado, ciudad de Sión;

el Señor no volverá a desterrarte.

Pero castigará tu maldad, nación de Edom,

y pondrá al descubierto tus pecados.

5

Quinto lamento

51Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado;

míranos, ve cómo nos ofenden.

2Todo lo nuestro está ahora en manos de extranjeros;

ahora nuestras casas son de gente extraña.

3Estamos huérfanos, sin padre;

nuestras madres han quedado como viudas.

4¡Nuestra propia agua tenemos que comprarla;

nuestra propia leña tenemos que pagarla!

5Nos han puesto un yugo en el cuello;

nos cansamos, y no nos dejan descansar.

6Para llenarnos de pan, tendemos la mano

a los egipcios y a los asirios.

7Nuestros padres pecaron, y ya no existen,

y nosotros cargamos con sus culpas.

8Ahora somos dominados por esclavos,

y no hay quien nos libre de sus manos.

9El pan lo conseguimos a riesgo de la vida

y a pesar de los guerreros del desierto.

10La piel nos arde como un horno,

por la fiebre que el hambre nos causa.

11En Sión y en las ciudades de Judá,

mujeres y niñas han sido deshonradas.

12Nuestros jefes fueron colgados de las manos,

los ancianos no fueron respetados.

13A los hombres más fuertes los pusieron a moler;

los jóvenes cayeron bajo el peso de la leña.

14Ya no hay ancianos a las puertas de la ciudad;

ya no se escuchan canciones juveniles.

15Ya no tenemos alegría en el corazón;

nuestras danzas de alegría acabaron en tristeza.

16Se nos cayó de la cabeza la corona;

¡ay de nosotros, que hemos pecado!

17Por eso tenemos enfermo el corazón;

por eso se nos nubla la vista.

18El monte Sión es un montón de ruinas;

en él van y vienen las zorras.

19Pero tú, Señor, por siempre reinarás;

¡siempre estarás en tu trono!

20¿Por qué has de olvidarnos para siempre?

¿Por qué has de abandonarnos tanto tiempo?

21¡Haznos volver a ti, Señor, y volveremos!

¡Haz que nuestra vida sea otra vez lo que antes fue!

22Pero tú nos has rechazado por completo;

mucho ha sido tu enojo con nosotros.5.19-22 La profesión de fe en la realeza del Señor (v. 19) y la súplica (vv. 20-21) marcan el punto culminante de esta quinta lamentación: ellas mantienen viva la esperanza en el Señor y en el poder que tiene para renovar la vida (cf. Ro 4.18-21).