Dios habla Hoy (DHH)
2

Segundo lamento

21¡Tan grande ha sido el enojo del Señor,

que ha oscurecido a la bella Sión!

Ha derribado la hermosura de Israel,2.1 La hermosura de Israel: es decir, Jerusalén y su templo.

como del cielo a la tierra;

ni siquiera se acordó, en su enojo,

del estrado de sus pies.2.1 El estrado de sus pies: expresión metafórica que se refiere a la presencia divina en este mundo, concretamente, en el templo de Sión (cf. Ez 43.7).

2El Señor no ha dejado en pie

ni una sola de las casas de Jacob;

en un momento de furor ha destruido

las fortalezas de la bella Judá;

ha echado por tierra, humillados,

al reino y sus gobernantes.

3Al encenderse su enojo, cortó de un tajo

todo el poder de Israel.

Nos retiró el apoyo de su poder

al enfrentarnos con el enemigo;

¡ha prendido en Jacob un fuego

que devora todo lo que encuentra!

4El Señor, como un enemigo,

tensó el arco, afirmó el brazo;

igual que un adversario,

destrozó lo que era agradable a la vista;

como un fuego, lanzó su enojo

sobre el campamento de la bella Sión.

5El Señor actuó como un enemigo:

destruyó por completo a Israel;

derrumbó todos sus palacios,

derribó sus fortalezas,

colmó a la bella Judá

de aflicción tras aflicción.

6Como un ladrón, hizo violencia a su santuario;

destruyó el lugar de las reuniones.

El Señor hizo que en Sión se olvidaran

las fiestas y los sábados.

En el ardor de su enojo,

rechazó al rey y al sacerdote.

7El Señor ha rechazado su altar,

ha despreciado su santuario;

ha entregado en poder del enemigo

las murallas que protegían la ciudad.

¡Hay un griterío en el templo del Señor,

como si fuera día de fiesta!

8El Señor decidió derrumbar

las murallas de la bella Sión.

Trazó el plan de destrucción

y lo llevó a cabo sin descanso.

Paredes y murallas, que él ha envuelto en luto,

se han venido abajo al mismo tiempo.

9La ciudad no tiene puertas ni cerrojos:

¡quedaron destrozados, tirados por el suelo!

Su rey y sus gobernantes están entre paganos;2.9 Entre paganos: es decir, en el exilio (cf. 2~R 24.8-17; 25.11,25).

ya no existe la ley de Dios.2.9 La ley de Dios: no la ley promulgada en el Sinaí, sino la instrucción dada por el sacerdote (Dt 17.8-13), puesta aquí en paralelismo con las visiones de los profetas (cf. Jer 18.18).

¡Ni siquiera sus profetas tienen

visiones de parte del Señor!

10Los ancianos de la bella Sión

se sientan silenciosos en el suelo,

se echan polvo sobre la cabeza

y se visten de ropas burdas.

Las jóvenes de Jerusalén

agachan la cabeza hasta el suelo.

11El llanto acaba con mis ojos,

y siento que el pecho me revienta;

mi ánimo se ha venido al suelo

al ver destruida la ciudad de mi gente,

al ver que hasta los niños de pecho

mueren de hambre por las calles.

12Decían los niños a sus madres:

«¡Ya no tenemos pan ni vino!»

Y caían como heridos de muerte

por las calles de la ciudad,

exhalando el último suspiro

en brazos de sus madres.

13¿A qué te puedo comparar o asemejar,

hermosa Jerusalén?

¿Qué ejemplo puedo poner para consolarte,

pura y bella ciudad de Sión?

Enorme como el mar ha sido tu destrucción;

¿quién podrá darte alivio?

14Las visiones que tus profetas te anunciaron

no eran más que un vil engaño.

No pusieron tu pecado al descubierto

para hacer cambiar tu suerte;

te anunciaron visiones engañosas,

y te hicieron creer en ellas.

15Al verte, los que van por el camino

aplauden en son de burla;

silban y mueven burlones la cabeza,

diciendo de la bella Jerusalén:

«¿Y es esta la ciudad a la que llaman

la máxima belleza de la tierra?»

16Todos tus enemigos

abren la boca en contra tuya.

Entre silbidos y gestos de amenaza, dicen:

«La hemos arruinado por completo.

Este es el día que tanto esperábamos;

¡por fin pudimos verlo!»

17El Señor llevó a cabo sus planes,

cumplió su palabra.

Destruyó sin miramientos

lo que mucho antes había resuelto destruir,

permitió que el enemigo se riera de ti

y puso en alto el poder del adversario.

18¡Pídele ayuda al Señor,

bella ciudad de Sión!

¡Deja correr de día y de noche

el torrente de tus lágrimas!

¡No dejes de llorar,

no des reposo a tus ojos!

19Levántate, grita por las noches,

grita hora tras hora;

vacía tu corazón delante del Señor,

déjalo que corra como el agua;

dirige a él tus manos suplicantes

y ruega por la vida de tus niños,

que en las esquinas de las calles

mueren por falta de alimentos.

20Mira, Señor, ponte a pensar

que nunca a nadie has tratado así.

¿Tendrán acaso las madres

que comerse a sus niños de pecho?

2.20
Cf.

¿Tendrán los sacerdotes y profetas

que ser asesinados en tu santuario?

21Tendidos por las calles

se ven jóvenes y ancianos;

mis jóvenes y jovencitas

cayeron a filo de espada.

En el día de tu ira, heriste de muerte,

¡mataste sin miramientos!

22Has hecho venir peligros de todos lados,

como si acudieran a una fiesta;

en el día de tu ira, Señor,

no hubo nadie que escapara.

A los que yo crié y eduqué,

el enemigo los mató.

3

Tercer lamento

31Yo soy el que ha experimentado el sufrimiento

bajo los golpes de la furia del Señor.

2Me ha llevado a regiones oscuras,

me ha hecho andar por caminos sin luz;

3una y otra vez, a todas horas,

descarga su mano sobre mí.

4Ha hecho envejecer mi carne y mi piel,

ha hecho pedazos mis huesos;

5ha levantado a mi alrededor

un cerco de amargura y sufrimientos;

6me ha hecho vivir en las sombras,

como los que murieron hace tiempo.

7Me encerró en un cerco sin salida;

me oprimió con pesadas cadenas;

8aunque grité pidiendo ayuda,

no hizo caso de mis ruegos;

9me cerró el paso con muros de piedra,

¡cambió el curso de mis senderos!

10Él ha sido para mí como un león escondido,

como un oso a punto de atacarme.

11Me ha desviado del camino, me ha desgarrado,

¡me ha dejado lleno de terror!

12¡Tensó el arco y me puso

como blanco de sus flechas!

13Las flechas lanzadas por el Señor

se me han clavado muy hondo.

14Toda mi gente se burla de mí;

a todas horas soy el tema de sus burlas.

15El Señor me ha llenado de amarguras;

amarga es la bebida que me ha dado.

16Me estrelló los dientes contra el suelo;

me hizo morder el polvo.

17De mí se ha alejado la paz

y he olvidado ya lo que es la dicha.

18Hasta he llegado a pensar que ha muerto

mi firme esperanza en el Señor.

19Recuerdo mi tristeza y soledad,

mi amargura y sufrimiento;

20me pongo a pensar en ello

y el ánimo se me viene abajo.

21Pero una cosa quiero tener presente

y poner en ella mi esperanza:

22El amor del Señor no tiene fin,

ni se han agotado sus bondades.

23Cada mañana se renuevan;

¡qué grande es su fidelidad!

24Y me digo: ¡El Señor lo es todo para mí;

por eso en él confío!

25El Señor es bueno con los que en él confían,

con los que a él recurren.

26Es mejor esperar en silencio

a que el Señor nos ayude.

27Es mejor que el hombre se someta

desde su juventud.

28El hombre debe quedarse solo y callado

cuando el Señor se lo impone;

29debe, humillado, besar el suelo,

pues tal vez aún haya esperanza;

30debe ofrecer la mejilla a quien le hiera,

y recibir el máximo de ofensas.

31El Señor no ha de abandonarnos

para siempre.

32Aunque hace sufrir, también se compadece,

porque su amor es inmenso.

33Realmente no le agrada afligir

ni causar dolor a los hombres.

34El pisotear sin compasión

a los prisioneros del país,

35el violar los derechos de un hombre

en la propia cara del Altísimo,

36el torcer la justicia de un proceso,

son cosas que el Señor condena.

37Cuando algo se dice, cuando algo pasa,

es porque el Señor lo ha ordenado.

38Tanto los bienes como los males

vienen porque el Altísimo así lo dispone.

39Siendo el hombre un pecador,

¿de qué se queja en esta vida?

40Reflexionemos seriamente en nuestra conducta,

y volvamos nuevamente al Señor.

41Elevemos al Dios del cielo

nuestros pensamientos y oraciones.

42Nosotros pecamos y fuimos rebeldes,

y tú no perdonaste.

43Nos rodeaste con tu furia, nos perseguiste,

¡nos quitaste la vida sin miramientos!

44Te envolviste en una nube

para no escuchar nuestros ruegos.

45Nos has tratado como a vil basura

delante de toda la gente.

46Todos nuestros enemigos

abren la boca en contra de nosotros;

47temores, trampas, destrucción y ruina,

¡eso es lo que nos ha tocado!

48Ríos de lágrimas brotan de mis ojos

ante la destrucción de mi amada ciudad.

49Lloran mis ojos sin descanso,

pues no habrá alivio

50hasta que el Señor del cielo

nos mire desde lo alto.

51Me duelen los ojos hasta el alma,

por lo ocurrido a las hijas de mi ciudad.

52Sin tener ningún motivo,

mis enemigos me han cazado como a un ave;

53me enterraron vivo en un pozo,

y con una piedra taparon la salida.

54El agua me ha cubierto por completo,

y he pensado: «Estoy perdido.»

55Yo, Señor, invoco tu nombre

desde lo más profundo del pozo:

56tú escuchas mi voz,

y no dejas de atender a mis ruegos.

57El día que te llamo, vienes a mí,

y me dices: «No tengas miedo.»

58Tú me defiendes, Señor, en mi lucha,

tú rescatas mi vida.

59Tú ves, Señor, las injusticias que sufro,

¡hazme justicia!

60Tú ves sus deseos de venganza

y todos los planes que hacen contra mí.

61Escucha, Señor, sus ofensas

y todos los planes que hacen contra mí;

62las habladurías de mis enemigos,

que a todas horas hablan en contra mía.

63¡Mira cómo en todas sus acciones

soy objeto de sus burlas!

64Dales, Señor, su merecido,

dales lo que sus hechos merecen.

65Enduréceles el entendimiento,

y pon sobre ellos tu maldición.

66Persíguelos con furia, Señor,

¡haz que desaparezcan de este mundo!

4

Cuarto lamento

41¡Cómo se ha empañado el oro!

¡Cómo perdió su brillo el oro fino!

¡Esparcidas por todas las esquinas

están las piedras del santuario!

2Los habitantes de Sión, tan estimados,

los que valían su peso en oro,

ahora son tratados como ollas de barro

hechas por un simple alfarero.

3Hasta las hembras de los chacales dan la teta

y amamantan a sus cachorros,

pero la capital de mi pueblo es cruel,

cruel como un avestruz del desierto.

4Tienen tanta sed los niños de pecho

que la lengua se les pega al paladar.

Piden los niños pan,

pero no hay nadie que se lo dé.

5Los que antes comían en abundancia,

ahora mueren de hambre por las calles.

4.4-5
Cf.

Los que crecieron en medio de lujos,

ahora viven en los muladares.

6La maldad de la capital de mi pueblo

es mayor que el pecado de Sodoma,

la cual fue destruida en un instante

sin que nadie la atacara.

4.6
Gn 19.24

7Más blancos que la nieve eran sus hombres escogidos,

más blancos que la leche;

su cuerpo, más rojizo que el coral;

su porte, hermoso como el zafiro.

8Pero ahora se ven más sombríos que las tinieblas;

nadie en la calle podría reconocerlos.

La piel se les pega a los huesos,

¡la tienen seca como leña!

9Mejor les fue a los que murieron en batalla

que a los que murieron de hambre,

porque estos murieron lentamente

al faltarles los frutos de la tierra.

10Con sus propias manos,

mujeres de buen corazón cocieron a sus hijos;

sus propios hijos les sirvieron de comida

al ser destruida la capital de mi pueblo.

11El Señor agotó su enojo,

dio rienda suelta al ardor de su furia;

le prendió fuego a Sión

y destruyó hasta sus cimientos.

12Jamás creyeron los reyes de la tierra,

todos los que reinaban en el mundo,

que el enemigo, el adversario,

entraría por las puertas de Jerusalén.

13¡Y todo por el pecado de sus profetas,4.13 El pecado de sus profetas: Cf. Jer 23.9-17; Lm 2.14.

por la maldad de sus sacerdotes,

que dentro de la ciudad misma

derramaron sangre inocente!

14Caminan inseguros, como ciegos,

por las calles de la ciudad;

tan sucios están de sangre

que nadie se atreve a tocarles la ropa.

15«¡Apártense, apártense —les gritan—;

son gente impura, no los toquen!»4.15 No los toquen!: como si fueran leprosos (Lv 13.45-46).

«Son vagabundos en fuga —dicen los paganos—,

no pueden seguir viviendo aquí.»

16La presencia del Señor los dispersó,

y no volvió a dirigirles la mirada.

No hubo respeto para los sacerdotes

ni compasión para los ancianos.

17Con los ojos cansados, pero atentos,

en vano esperamos ayuda.

Pendientes estamos de la llegada

de un pueblo que no puede salvar.4.17 Pendientes… no puede salvar: alusión a las alianzas políticas con los grandes imperios de aquella época, que no trajeron la salvación sino la ruina de los reinos de Israel y de Judá. Cf. Is 8.6-10; Jer 37.5-10; Os 7.11.

18Vigilan todos nuestros pasos;

no podemos salir a la calle.

Nuestro fin está cerca, nos ha llegado la hora;

¡ha llegado nuestro fin!

19Más veloces que las águilas del cielo

son nuestros perseguidores;

nos persiguen por los montes,

¡nos ponen trampas en el desierto!

20Preso ha caído4.20 Preso ha caído: alusión a la captura y deportación de Sedequías, rey de Judá (2~R 25.4-7; Jer 39.4-6). el escogido del Señor,

el que daba aliento a nuestra vida,

el rey de quien decíamos:

«A su sombra viviremos entre los pueblos.»

21¡Ríete, alégrate, nación de Edom;

tú que reinas en la región de Us!

¡También a ti te llegará el trago amargo,

y quedarás borracha y desnuda!

22Tu castigo ha terminado, ciudad de Sión;

el Señor no volverá a desterrarte.

Pero castigará tu maldad, nación de Edom,

y pondrá al descubierto tus pecados.