Dios habla Hoy (DHH)
1

Primer lamento

11¡Cuán solitaria ha quedado

la ciudad antes llena de gente!

¡Tiene apariencia de viuda

la ciudad capital de los pueblos!

¡Sometida está a trabajos forzados

la princesa de los reinos!

2Se ahoga en llanto por las noches;

lágrimas corren por sus mejillas.

De entre todos sus amantes1.2 Amantes: Véase Jer 22.20 n.

no hay uno que la consuele.

Todos sus amigos la han traicionado;

se han vuelto sus enemigos.

3A más de sufrimientos y duros trabajos,

Judá sufre ahora el cautiverio.1.3 Sufre… cautiverio: (Cf. 2~R 24.18-20.)

La que antes reinaba entre los pueblos,

ahora no encuentra reposo.

Los que la perseguían, la alcanzaron

y la pusieron en aprietos.

4¡Qué tristes están los caminos de Sión!

¡No hay nadie que venga a las fiestas!

Las puertas de la ciudad están desiertas,

los sacerdotes lloran,

las jóvenes se afligen

y Jerusalén pasa amarguras.

5Sus enemigos dominan,

sus adversarios prosperan.

Es que el Señor la ha afligido

por lo mucho que ha pecado.

Sus hijos fueron al destierro

llevados por el enemigo.

6Desapareció de la bella Sión

toda su hermosura;

sus jefes, como venados,

andan en busca de pastos;

arrastrando los pies, avanzan

delante de sus cazadores.

7Jerusalén recuerda aquellos días,

cuando se quedó sola y triste;

recuerda todas las riquezas que tuvo

en tiempos pasados;

recuerda cuando cayó en poder del enemigo

y nadie vino en su ayuda,

cuando sus enemigos la vieron

y se burlaron de su ruina.

8Jerusalén ha pecado tanto

que se ha hecho digna de desprecio.

Los que antes la honraban, ahora la desprecian,

porque han visto su desnudez.

Por eso está llorando,

y avergonzada vuelve la espalda.

9Tiene su ropa llena de inmundicia;

no pensó en las consecuencias.

Es increíble cómo ha caído;

no hay quien la consuele.

¡Mira, Señor, mi humillación

y la altivez del enemigo!

10El enemigo se ha adueñado

de las riquezas de Jerusalén.

1.10
Cf.

La ciudad vio a los paganos

entrar violentamente en el santuario,

¡gente a la que tú, Señor, ordenaste

que no entrara en tu lugar de reunión!

11Todos sus habitantes lloran,

andan en busca de alimentos;

dieron sus riquezas a cambio de comida

para poder sobrevivir.

¡Mira, Señor, mi ruina!

¡Considera mi desgracia!

12¡Ustedes, los que van por el camino,

deténganse a pensar

si hay dolor como el mío,

que tanto me hace sufrir!

¡El Señor me mandó esta aflicción

al encenderse su enojo!

13El Señor lanzó desde lo alto

un fuego que me ha calado hasta los huesos;

tendió una trampa a mi paso

y me hizo volver atrás;

me ha entregado al abandono,

al sufrimiento a cada instante.

14Mis pecados los ha visto el Señor;

me han sido atados por él mismo,

y como un yugo pesan sobre mí:

¡acaban con mis fuerzas!

El Señor me ha puesto en manos de gente

ante la cual no puedo resistir.

15El Señor arrojó lejos de mí

a todos los valientes que me defendían.

Lanzó un ejército a atacarme,

para acabar con mis hombres más valientes.

¡El Señor ha aplastado a la virginal Judá

como se aplastan las uvas para sacar vino!

16Estas cosas me hacen llorar.

Mis ojos se llenan de lágrimas,

pues no tengo a nadie que me consuele,

a nadie que me dé nuevo aliento.

Entre ruinas han quedado mis hijos,

porque pudo más el enemigo que nosotros.

17Sión extiende las manos suplicante,

pero no hay quien la consuele.

El Señor ha ordenado que a Jacob

lo rodeen sus enemigos;

Jerusalén es para ellos

objeto de desprecio.

18El Señor hizo lo debido,

porque me opuse a sus mandatos.

¡Escúchenme, pueblos todos;

contemplen mi dolor!

¡Mis jóvenes y jovencitas

han sido llevados cautivos!

19Pedí ayuda a mis amantes,

pero ellos me traicionaron.

Mis sacerdotes y mis ancianos

murieron en la ciudad:

¡andaban en busca de alimentos

para poder sobrevivir!

20¡Mira, Señor, mi angustia!

¡Siento que me estalla el pecho!

El dolor me oprime el corazón

cuando pienso en lo rebelde que he sido.

Allá afuera la espada mata a mis hijos,

y aquí adentro también hay muerte.

21La gente escucha mis lamentos,

pero no hay quien me consuele.

Todos mis enemigos saben de mi mal,

y se alegran de que tú lo hayas hecho.

¡Haz que venga el día que tienes anunciado,

y que les vaya a ellos como me ha ido a mí!

22Haz que llegue a tu presencia

toda la maldad que han cometido;

trátalos por sus pecados

como me has tratado a mí,

pues es mucho lo que lloro;

¡tengo enfermo el corazón!

2

Segundo lamento

21¡Tan grande ha sido el enojo del Señor,

que ha oscurecido a la bella Sión!

Ha derribado la hermosura de Israel,2.1 La hermosura de Israel: es decir, Jerusalén y su templo.

como del cielo a la tierra;

ni siquiera se acordó, en su enojo,

del estrado de sus pies.2.1 El estrado de sus pies: expresión metafórica que se refiere a la presencia divina en este mundo, concretamente, en el templo de Sión (cf. Ez 43.7).

2El Señor no ha dejado en pie

ni una sola de las casas de Jacob;

en un momento de furor ha destruido

las fortalezas de la bella Judá;

ha echado por tierra, humillados,

al reino y sus gobernantes.

3Al encenderse su enojo, cortó de un tajo

todo el poder de Israel.

Nos retiró el apoyo de su poder

al enfrentarnos con el enemigo;

¡ha prendido en Jacob un fuego

que devora todo lo que encuentra!

4El Señor, como un enemigo,

tensó el arco, afirmó el brazo;

igual que un adversario,

destrozó lo que era agradable a la vista;

como un fuego, lanzó su enojo

sobre el campamento de la bella Sión.

5El Señor actuó como un enemigo:

destruyó por completo a Israel;

derrumbó todos sus palacios,

derribó sus fortalezas,

colmó a la bella Judá

de aflicción tras aflicción.

6Como un ladrón, hizo violencia a su santuario;

destruyó el lugar de las reuniones.

El Señor hizo que en Sión se olvidaran

las fiestas y los sábados.

En el ardor de su enojo,

rechazó al rey y al sacerdote.

7El Señor ha rechazado su altar,

ha despreciado su santuario;

ha entregado en poder del enemigo

las murallas que protegían la ciudad.

¡Hay un griterío en el templo del Señor,

como si fuera día de fiesta!

8El Señor decidió derrumbar

las murallas de la bella Sión.

Trazó el plan de destrucción

y lo llevó a cabo sin descanso.

Paredes y murallas, que él ha envuelto en luto,

se han venido abajo al mismo tiempo.

9La ciudad no tiene puertas ni cerrojos:

¡quedaron destrozados, tirados por el suelo!

Su rey y sus gobernantes están entre paganos;2.9 Entre paganos: es decir, en el exilio (cf. 2~R 24.8-17; 25.11,25).

ya no existe la ley de Dios.2.9 La ley de Dios: no la ley promulgada en el Sinaí, sino la instrucción dada por el sacerdote (Dt 17.8-13), puesta aquí en paralelismo con las visiones de los profetas (cf. Jer 18.18).

¡Ni siquiera sus profetas tienen

visiones de parte del Señor!

10Los ancianos de la bella Sión

se sientan silenciosos en el suelo,

se echan polvo sobre la cabeza

y se visten de ropas burdas.

Las jóvenes de Jerusalén

agachan la cabeza hasta el suelo.

11El llanto acaba con mis ojos,

y siento que el pecho me revienta;

mi ánimo se ha venido al suelo

al ver destruida la ciudad de mi gente,

al ver que hasta los niños de pecho

mueren de hambre por las calles.

12Decían los niños a sus madres:

«¡Ya no tenemos pan ni vino!»

Y caían como heridos de muerte

por las calles de la ciudad,

exhalando el último suspiro

en brazos de sus madres.

13¿A qué te puedo comparar o asemejar,

hermosa Jerusalén?

¿Qué ejemplo puedo poner para consolarte,

pura y bella ciudad de Sión?

Enorme como el mar ha sido tu destrucción;

¿quién podrá darte alivio?

14Las visiones que tus profetas te anunciaron

no eran más que un vil engaño.

No pusieron tu pecado al descubierto

para hacer cambiar tu suerte;

te anunciaron visiones engañosas,

y te hicieron creer en ellas.

15Al verte, los que van por el camino

aplauden en son de burla;

silban y mueven burlones la cabeza,

diciendo de la bella Jerusalén:

«¿Y es esta la ciudad a la que llaman

la máxima belleza de la tierra?»

16Todos tus enemigos

abren la boca en contra tuya.

Entre silbidos y gestos de amenaza, dicen:

«La hemos arruinado por completo.

Este es el día que tanto esperábamos;

¡por fin pudimos verlo!»

17El Señor llevó a cabo sus planes,

cumplió su palabra.

Destruyó sin miramientos

lo que mucho antes había resuelto destruir,

permitió que el enemigo se riera de ti

y puso en alto el poder del adversario.

18¡Pídele ayuda al Señor,

bella ciudad de Sión!

¡Deja correr de día y de noche

el torrente de tus lágrimas!

¡No dejes de llorar,

no des reposo a tus ojos!

19Levántate, grita por las noches,

grita hora tras hora;

vacía tu corazón delante del Señor,

déjalo que corra como el agua;

dirige a él tus manos suplicantes

y ruega por la vida de tus niños,

que en las esquinas de las calles

mueren por falta de alimentos.

20Mira, Señor, ponte a pensar

que nunca a nadie has tratado así.

¿Tendrán acaso las madres

que comerse a sus niños de pecho?

2.20
Cf.

¿Tendrán los sacerdotes y profetas

que ser asesinados en tu santuario?

21Tendidos por las calles

se ven jóvenes y ancianos;

mis jóvenes y jovencitas

cayeron a filo de espada.

En el día de tu ira, heriste de muerte,

¡mataste sin miramientos!

22Has hecho venir peligros de todos lados,

como si acudieran a una fiesta;

en el día de tu ira, Señor,

no hubo nadie que escapara.

A los que yo crié y eduqué,

el enemigo los mató.